La importancía de una placa de identificación (Parte 2)

Hace unas semanas se publicó una entrada sobre la importancia de las placas de identificación para perros, y para dicho motivo publicamos una historia acerca de nuestro amigo Tobby.

Les comento que serán tres historias distintas, ya se publicó una, y ahora presentaré la segunda.

Por favor, reflexionen cuando compren un perro, éste no es un juguete y como tal merece un trato completamente distinto. Un perro o un gato se convierte en un miembro más de la familia.

Historia Alternativa 2:


T
obby sabía que era la hora de salir, ladraba de felicidad e incluso saltaba sobre las piernas de su amo, a quien le agradecía largos periodos de estancia con él. Marco, con una sonrisa en el rostro, le repetía constantemente “Ten calma, amigo. Tenemos toda la tarde”. Y era cierto, pues en ocasiones la noche los abrazaba sin poder seguir más en la calle.

Ambos caminaban, con los vecinos de testigos admirando la belleza de Tobby, y Marco saludaba a sus vecinos de vez en cuando al mirar a quien lo saludaba.

-Hola, Marco –Rita, una chica guapa que tenía un perro mestizo al que bautizo “Solovino”, se acercó y saludó a Marco.

Marco la saludó con evidente alegría y dejó a Tobby andar a sus anchas por el parque. Era su costumbre y Tobby no se sentía abandonado.

Tobby dejó pues a su amo que hiciera de las suyas mientras exploraba el lugar que ya era más que conocido. Entonces notó un aroma nuevo y diferente al acostumbrado, comenzó a seguirlo entre los árboles, luego entre los hidrantes, pasó por un poste de luz preguntándose de que podía ser ese extraño y nuevo aroma. Tobby era orgulloso y no permitiría que se le escapara. Siguió sus instintos como todo buen perro.

Vio pasar a una docena de niños jugando y echándose agua, después a un par de perros que se ladraban mutuamente. Pero el aroma seguía siendo distante. Tobby corrió de un poste a otro, cruzó una calle, después dos. Solo para percatarse que aquél extraño aroma no era otra cosa que un carro de desinfección de plagas.

Para cuando lo notó, vio que estaba en un lugar completamente desconocido, calles que jamás había visto en su vida, aun que negro y blanco, sabía guiarse a la perfección de su sentido del olfato, pero esa ocasión no dejó rastro alguno de los lugares donde pasaba y Marco no estaba, pues se encontraba platicando con Rita, su vecina.

–Qué lindo perrito –escuchó a un niño. Pero hizo caso omiso y continuó en su búsqueda a su hogar. Era complicado para Tobby Recordar, el camino a casa, pronto loa noche inicio su arribo y él no estaba preparado para esa experiencia. En toda su vida, Tobby Jamás había pasado una noche fuera de casa, no sin Marco. Pero ahora las cosas se complicaban y no iba a ser sencillo.

Afortunadamente, Tobby encontró cerca de un depósito de basura, una bolsa negra con cobijas viejas y harapos sucios. Se recostó esperanzado de que Marco llegara en algún momento. “Si no me muevo mucho, el vendrá a buscarme” pensaba. El sueño terminó por aplastar a nuestro canino amigo a altas horas de la noche sin una señal de Marco.

Por la mañana siguiente, Tobby fue despertado bruscamente. Sintió un jalón muy duro alrededor de su cuello, zarandeándolo como si de un animal rabioso y peligroso se tratase. Un señor alto y fornido con un overol color blanco lo había prensado con una cadena, de esas que usan para agarrar a los perros peligrosos. Tobby no tuvo la oportunidad de ladrar y se limitó a chillar lo más que pudo, tuvo la esperanza de que alguien de los alrededores que veía el espectáculo se apiadara y lo ayudara. Eso no pasó.

El señor se llamaba Dalo, o eso es lo que su overol tenía bordado. Subió a Tobby a una camioneta blanca con un escudo de un perro feroz en un círculo rojo. Lo encerró en una Jaula junto con otros perros.

Tras varias horas de recorrió y con nuevos perros que eran agregados por Dalo, llegaron a una especie de bodega, que desde el exterior se podían escuchar ladridos y gemidos lastimeros. El lugar al entrar era nauseabundo y húmedo. Era una perrera.

Todos los perros se encontraban asustados, tensos, nerviosos. Por cada jaula había de diez a quince perros, algunos ladrándose entre sí, algunos más echados y temblando, otros traían lagañas en sus ojos como si parecieran enfermos. De vez en cuando se podía ver algunos muy bien cuidados e incluso hasta bañados, como Tobby.

Al igual que los demás perros, Tobby llegó asustado y tenso. Fue introducido en una jaula con otros 17 perros más, algunos grandes y fuertes, y otros más chicos que él, acurrucados en una esquina, tensos y tristes. De vez en cuando, Dalo junto con otros señor regordete pasaban entre las jaulas, agarraban a los perros y se los llevaban a la fuerza a un cuarto trasero del cual ya no regresaban.

Tobby tuvo que lidiar con tres perros que además de agresivos, se encontraban tensos. Terminó sangrando de dos de sus patitas y de su rabo, la trifulca acabó hasta que Dalo y su compañero los separaron con palos, dándole varios porrazos a cada uno. No era extraño, Dalo y su amigo hacían eso por lo menos unas diez veces al día.

Así pasó todo aquél día, asustado y chillando, esperando a que Marco se acordara de él. A menudo, Tobby alcanzaba a escuchar voces apacibles del otro lado de la puerta, voces de gente normal que decían:

–No pensamos que fuera a crecer tanto –y enseguida, el amigo de Dalo entraba con un San Bernardo, hermoso y bien cuidado, pero triste y asustado.

No era el primer perro grande, y seguramente no sería el último.

Por la noche, Dalo y su amigo se llevaban a varios perros, entre ellos un lindo cocker de color dorado. Hermoso en linaje, pero al igual que otros, sangrando de varias de sus extremidades. Sin duda, aquél perro había sido de casa. Movía la cola, feliz de por fin salir de aquel lugar lleno de ruido y bullicio. Los perros no regresaban, y Dalo y su amigo salían de aquel cuarto con las manos ensangrentadas y un extraño líquido color rosa.

El lugar al transcurso de la noche era todo menos tranquilo, los perros constantemente ladraban y lloraban, haciendo de aquel un espectáculo triste y desolador.

Por la mañana, todos los perros fueron rociados con agua fría desde una manguera, ese era su baño. Posteriormente, les sirvieron desperdicios de comida por debajo de las Jaulas. Tobby no comió nada, los perros de su Jaula; que ahora solo era la mitad de los que había en un inicio, siendo remplazados por otros nuevos, se la acabaron antes de poder dejar algo.

Dalo y su amigo se acercaron al San Bernardo que un día antes había llegado, hicieron algunos murmullos entre sí, y con fuerza, tomaron al perro y se lo llevaron hacía el cuarto. Tras un rato, los hombres salieron sin el perro.

El día no fue muy distinto al anterior, perros nuevos llegaban, y perros más eran encaminados a esa habitación, sin que salieran después. Gente llegaba a dejar a los perros, y solo en una ocasión un joven desaliñado pero carismático había recogido a uno que tenía una placa de identificación.

Al tercer día, Dalo y su amigo se pararon en la Jaula donde se encontraba Tobby y murmuraron:

–Ya pasaron vario días, Sam, a este perro no lo quieren –Dijo Dalo.

–Si para la tarde no viene, le daremos un “paseo” –respondió Sam, cabizbajo.

La tarde paso, y Tobby se hallaba triste y asustado, ladraba con fuerza y esperaba que en algún momento fuera Marco a salvarlo. Una Joven de mediana edad llegó por la tarde, miró con desagrado y tristeza las Jaulas y pidió a Dalo que sacara a un perro salchicha de nomás de un año de edad y se fue. Desde que Tobby había llegado, más de cincuenta perros habían llegado, y solo dos se habían ido con algún humano. Dos de cincuenta.

Dalo y Sam se acercaron a Tobby, le hablaron bonito e hicieron que se calmara, le colocaron una correa y se lo llevaron dulcemente hacía esa habitación con el ladrido el ruido a sus espaldas.

¿Sigues pensando que una perrera es la mejor opción?

Al entrar, Tobby se detuvo casi de inmediato, un extraño olor, imposible de ser percibido por los humanos lo asustó en menos de un segundo. Él había pensad que finalmente Marco había llegado. Pero solo identifico a un señor con bata blanca y guantes de látex. Los subieron a la fuerza a una fría mesa de metal y le inyectaron una sustancia rosa.

Mientras esa sustancia liquida recorría las venas de Tobby, éste miraba a varias personas a lo lejos por una ventana como golpeaban a unos detrás de unas jaulas, les daban golpes en la cabeza con un fierro viejo y posteriormente los metían en una bolsa de plástico.

Tobby comenzó a sentir espasmos en su cuerpo, la sangre la sintió caliente como lumbre y todos sus músculos se agarrotaron.

Sam cogió un teléfono posado en un escritorio, abrió los ojos preocupado y arrojó el auricular, descolgado. Fue hasta donde estaba Dalo, intercambió unas palabras y ambos se dirigieron a Tobby.

–Sí, tiene las mismas características –Finalizó Sam mirando a Tobby lúgubremente.

Pero Tobby ya no respiraba y los espasmos habían desaparecido. Su corazón se había detenido hace más de un minuto.

Su placa es su pase de vida

La importancía de una placa de identificación (Parte 1)

Quizá es un tema que a muchos no les interese o simplemente no le tomen la importancia necesaria. Pero ese collar de nuestro perro, esa identificación en forma de hueso que vemos en los mercados, en las tiendas para perros, o que simplemente está botada en algún lugar de nuestro hogar por que se nos olvida ponérsela a nuestro amigo canino, es la salvación de vida para muchos, sino es que miles de perros actualmente.

Es su salvación de vida

Contaré una historia con tres finales distintos que describe mejor lo que trato de explicar.

 

Marco terminó de bañar a Tobby, claro, porque muchos perritos se llaman Tobby, y este no es la excepción. Y al igual que muchos dueños de edades medianas, suele ser descuidado y confiados. Que creen que la vida no tiene sus sorpresas, que siempre existirá un mañana, en donde la muerte no existe.

Pero Marco, Marco era feliz bañando a su canino amigo, un Golden muy hermoso, siempre fiel, amigo hasta la muerte. Marco,  a quien Tobby le debía toda su vida, pues desde niño siempre lo procuró y le dio un techo donde vivir. A pesar de que Tobby solía hacerse dentro de la casa, o en algunas ocasiones robaba del refrigerador trozos de carne, era feliz y afortunado de tener el amor que tenía.

Un fiel amigo

En otras ocasiones era Tobby quien defendía a Marco, ya fuera de sus brutos amigos de la escuela o simplemente pasando tardes juntas jugando en el parque.

Marco cepilló a Tobby y le susurraba sus últimos secretos, este último movía el rabo como reguilete agradecido de ser el confidente único y feliz de su amo. Le pasaba el cepillo con delicadeza y el sol hacía brillar el pelo de Tobby.

Era una costumbre de Marco pasear a Tobby tras un aseo, le gustaba que todos vieran lo hermoso y lindo que era su perro, y Tobby se sentía orgulloso de contar con un Amo como Marco. Así que sin mucho preámbulo, Marco tomó una pelota, un hueso y se dispuso a salir al parque, con su inseparable amigo.

Historia alternativa 1:

Tobby sabía que era la hora de salir, ladraba de felicidad e incluso saltaba sobre las piernas de su amo, a quien le agradecía largos periodos de estancia con él. Marco, con una sonrisa en el rostro, le repetía constantemente “Ten calma, amigo. Tenemos toda la tarde”. Y era cierto, pues en ocasiones la noche los abrazaba sin poder seguir más en la calle.

Ambos caminaban, con los vecinos de testigos admirando la belleza de Tobby, y Marco saludaba a sus vecinos de vez en cuando al mirar a quien lo saludaba.

-Hola, Marco –Rita, una chica guapa que tenía un perro mestizo al que bautizo “Solovino”, se acercó y saludó a Marco.

Marco la saludó con evidente alegría y dejó a Tobby andar a sus anchas por el parque. Era su costumbre y Tobby no se sentía abandonado.

Tobby dejó pues a su amo que hiciera de las suyas mientras exploraba el lugar que ya era más que conocido. Entonces notó un aroma nuevo y diferente al acostumbrado, comenzó a seguirlo entre los árboles, luego entre los hidrantes, pasó por un poste de luz preguntándose de que podía ser ese extraño y nuevo aroma. Tobby era orgulloso y no permitiría que se le escapara. Siguió sus instintos como todo buen perro.

Vio pasar a una docena de niños jugando y echándose agua, después a un par de perros que se ladraban mutuamente. Pero el aroma seguía siendo distante. Tobby corrió de un poste a otro, cruzó una calle, después dos. Solo para percatarse que aquél extraño aroma no era otra cosa que un carro de desinfección de plagas.

Para cuando lo notó, vio que estaba en un lugar completamente desconocido, calles que jamás había visto en su vida, aun que negro y blanco, sabía guiarse a la perfección de su sentido del olfato, pero esa ocasión no dejó rastro alguno de los lugares donde pasaba y Marco no estaba, pues se encontraba platicando con Rita, su vecina.

Al inicio, Tobby pensó que Marco lo encontraría, intentó regresar por donde venía, pero le resultó sencillamente imposible. Tras un tiempo que a Tobby le pareció eterno, comprendió que Marco no lo encontraría, y prueba de ello era la amenazadora noche que cubría lentamente el cielo. Supo que debía moverse si quería regresar a casa, pero tras intentos fallidos de recuperar el rastro, lo único que logró fue perderse más y más en la inmensidad de las calles.

Los carros constantemente pasaban muy cerca de él, rozando su hermoso pelo y tocándole el clacson, pero Tobby solo podía refrenar ante sus instintos, dando saltos y tumbos para no ser atropellado cada que intentaba cruzar una calle.

Conforme la noche iba avanzando, el rastro era cada vez más inexistente, las calles eran desoladoras. En una de estas, se encontró con gran número de perros aglomerados en un depósito de basura, con algunas ratas como compañeras. Tobby comenzaba a tener hambre, nunca había estado más de dos horas fuera de casa. Intentó acercarse para husmear en la basura, pero los demás perros se mostraron agresivos e intolerables, atacaron a Tobby al primer intento de búsqueda, y comenzaron a corretearlo entre cinco para alejarlo del lugar.

Tobby estaba muerto de miedo, nunca había tenido que correr tanto en su vida para salvar el pellejo, eso le cobró factura, pues los perros lo alcanzaron y comenzaron a morderle en todo su cuerpo. Le mordieron una pata, los zarandearon entre el piso y le lastimaron un ojo. Al final, Tobby logró librarse como pudo. Con el intenso dolor, se recostó en una esquina, a esperar a que el sol volviera a salir, seguramente Marco lo encontraría, él esperaba que fuera así. No podía fallarle.

Un señor gordo aporreó a Tobby a punta de escobazos por la mañana mientras abría su tienda. Tobby solo dejó escapar un gemido que poco le importó al señor gordo. Durante todo el día, notó que su olfato había perdido el sentido, los perros de a noche habían logrado herirlo críticamente en su nariz.

Tobby estaba triste, empolvado y sucio. El baño de un día anterior con Marco parecía haber ocurrido hace años. La gente lo miraba con despreció y en ocasiones musitaban algo como “largo de aquí, perro sucio”. Fue entonces que comprendió que no tenía su placa de identificación como siempre lo hacía tras el baño. A Marco se le escapó totalmente ponérselo.

La noche volvió a caer, y de Marco no sabía absolutamente nada, bebió de un charco sucio que le supo peor que a ninguna otra cosa, pero logró resistirlo gracias a su casi nulo sentido del olfato. En una ocasión, una persona lo pateo simplemente por el hecho de acercarse hacía donde él estaba. Ahora, con otro nuevo dolor en su abdomen, buscaba un refugio para una noche más, una noche en donde ya no buscaría comida.

Así pasó Tobby una semana, vagando por aquí y por allá, sin un sentido del olfato que lo ayudara, sin comida ni agua, con un ojo débil y el rabo entre las patas. Ya no daba tumbos ante los carros que precipitadamente le rozaban el pelaje, ahora sucio y maltratado.

Creyó que Marco lo había abandonado por no encontrarlo, por dejarlo a su suerte y por permitir que se escapara, y se culpó a él mismo por ser tan descuidado, por alejarse demasiado de su amo.

Tras días de soledad y sin fuerza en las patas, Tobby finalmente desistió de buscar y se echó en un lugar que él consideraba seguro, junto a un poste de luz. Y allí en su lenta agonía, movía el rabo cuando escuchaba alguna voz acercarse, con la esperanza de que fuera Marco, su amo. Pero eso no ocurrió.

 

Ya entrada la noche, un carro a alta velocidad iba sobre la avenida principal, a unos siete kilómetros de la casa de Marco. Éste, en su estado etílico incontrolable, chocó contra un poste de luz. El borracho tan solo quedó inconsciente y música a alto volumen. Lo que no supo era que debajo de sus llantas se encontraba Tobby, un perro Golden de apenas 5 años de edad, de estatura media y con pelaje brilloso y fino, que respondía fácilmente a las pelotas de goma. O eso era lo que decía el cartel que estaba pegado en el poste de luz, con la foto de Tobby bien marcada y con una leyenda que citaba lo siguiente “Ayúdame a encontrar a mi amigo, no tiene cadena de identificación y no sabe andar en las calles, ofrezco jugosa recompensa”

 

¿Quieres conocer las otras dos historias de Tobby, regresa pronto?

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